La chica de los colores

Celeste era una chica con una discapacidad a quien, a raíz de un accidente, le habían amputado ambas piernas a la edad de diez años. Gracias al apoyo de su familia —en especial al cariño y confianza que le brindó su abuelo—, fue capaz de superar los momentos difíciles causados por la adversidad. Encontró entonces en el arte, y específicamente en la pintura, una forma de liberar su alma, de volar a los rincones a los que físicamente no podría llegar. Así, entre cuentos infantiles y sirenas, fue capaz de crecer y convertirse en una mujer hermosa, talentosa y, sobre todo, independiente.

Pero, y ¿el amor? El amor la hacía sentir vulnerable. No lo esperaba, creía que las cosas para ella serían así: una vida solitaria y llena de cuadros por pintar. Entonces apareció Bruno, un chico de una ciudad distinta, de una clase social diferente, pero con muchas ganas de llenarse de los colores de Celeste.

Bruno le demostrará que el amor no entiende de diferencias ni de limitaciones, que los recuerdos que guarda el corazón son más importantes que los que guarda la mente, y que el amor existe para todos. Celeste encontrará en Bruno al chico de los cuentos que le contaba su abuelo y, de paso, descubrirá que este tiene muchas más historias que contar, además de las que ella conocía y que los secretos del pasado pueden afectarlos a ambos.

Celeste y Bruno serán testigos de un amor predestinado en el tiempo, una revancha de la vida, un lienzo en blanco lleno de colores por pintar y descubrir.

Sueños de cristal

Se dice que todos tenemos un ángel de la guarda, uno que se nos es asignado desde antes de nuestro nacimiento y que debe velar por el bienestar de nuestra alma y cuerpo durante nuestra estadía en la Tierra. Elisa tiene uno, al igual que todos los demás, solo que ella cuenta con una peculiaridad: desde muy pequeña puede verlo y hablar con él. A pesar de que no siempre es sencillo vivir con alguien que te sigue a todos lados y te recuerda lo que no debes hacer, ellos han logrado de cierta forma armonizar y crear una especie de amistad. Sin embargo, de un momento a otro las cosas cambian. El mundo se enfrenta aun destino fatal y Caliel se encuentra frente a la difícil decisión de elegir entre cumplir las órdenes que le han sido dadas o salvar a su protegida y amada amiga. Y en medio de la tribulación y la oscuridad de los últimos días de la Tierra, cuando parece que, finalmente, todo está acabado, aquello que se creía extinto vuelve y enciende una llama de esperanza para la humanidad.

Con los ojos del alma

Ámbar perseguía la libertad, esa era la palabra que marcaba su camino. Volaba de un lado al otro en búsqueda de un lugar donde por fin se encontrase a gusto, un sitio que la hiciera sentir parte de algo, de un todo. Pero nunca lo hallaba, porque cuando la novedad pasaba, simplemente todo se repetía en su interior, los recuerdos y temores afloraban, y ella volvía a huir.
Mariano estaba lleno de estructuras y organización, esa era la forma como lograba sobrevivir y destacarse en la vida académica, a pesar de su discapacidad. Necesitaba crear una fortaleza en torno a su persona, asegurarse de que nada pudiera sabotear todo lo que había logrado. Para ello, tenía solo dos armas: su inteligencia extrema y el poder que le

otorgaba su cargo. Con ello manejaba a los que lo rodeaban, lograba que le temieran porque pensaba que solo con el miedo obtendría el respeto que tanto ansiaba. Pero lo cierto era que se sentía inferior al resto y había creado ese solitario mundo para protegerse.
Un día, sus caminos se juntaron y sus personalidades sacaron lo peor de cada uno. El orgullo se convirtió en la barrera que ambos utilizaron para poder evadir lo que en realidad sentían, aquello a lo que tanto temían. Ámbar no deseaba perder su falsa libertad y Mariano no quería ser vulnerable para nadie; aceptar el amor no era algo que estaba en sus planes. Pero los planes no siempre se cumplen y el destino tiene caminos misteriosos.

Tu música en mi silencio

La maestra de piano le enseñó dos cosas importantes: primero, que para tocar música no es necesario oírla, sino sentirla; y segundo, así como no hay luz sin oscuridad, como no hay bondad sin maldad, tampoco es posible la música sin el silencio. Y ella así lo creyó.

Un día, se dio cuenta de que también había música en sí misma, que su corazón se aceleraba, sus piernas se aflojaban y su interior vibraba cuando él, Daniel, estaba cerca. Y es que él había traído la música a su vida: la del piano y la de su propia alma. Era él quien llenaba de melodías la quietud en la que vivía, por lo que cuando se fue, la música también se acabó.

Y es que crecer duele, y la pobreza es enemiga de los sueños; pero entonces, sumida en el más profundo y absurdo silencio causado por la desazón y los problemas de la vida, recordó la lección de la maestra: no hay música sin silencio. Y así, su corazón volvió a latir, y en su quietud volvió a sonar aquella melodía.